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La guerra de dos mundos

La ciencia ficción ha resultado ser un buen hilo para coser los bordes de esa herida que separa la ciencia y el humanismo. En un mundo en el que la realidad va tan aprisa, que casi todo se convierte en arqueología nada más nacer, la literatura fantástica tiene una gran capacidad de permanencia y análisis social. La ciencia ficción funciona como anticipación y advertencia de las consecuencias probables del progreso científico-técnico, cada vez más desprovisto de reflexión y de crítica. No existe un futuro sin un presente que analice los cambios venideros.

El término “ciencia ficción” recoge en su propio nombre una dualidad intrínseca, una fragmentación, un cruce de caminos entre dos dimensiones de nuestra cultura. Y como en la vida cotidiana, lo que se sabe del prójimo es siempre de segunda mano. Para muchos científicos, la literatura carece de importancia como fuente de conocimiento, y muchos literatos niegan a la ciencia la capacidad de construir afectos. Cierto es que son pocos los escritores que pueden definir la segunda ley de la termodinámica, y son pocos los científicos que concedan a las artes el poder de observación y razonamiento apto para describir la realidad.

En la feria mundial de Nueva York de 1964, la exposición Futurama predecía la construcción de ciudades submarinas

En la feria mundial de Nueva York de 1964, la exposición Futurama predecía la construcción de ciudades submarinas

Sin embargo, la ciencia y su resultado, la tecnología, es consustancial al ser humano. En la película 2001 Una Odisea en el Espacio (adaptación de una novela de Arthur C. Clarke), un primate lanza al aire un hueso y encadena con una estación espacial. No podemos entendernos a nosotros mismos sin analizar la relación que tenemos con lo tecnológico. Confeccionar herramientas es, en esencia, la principal característica que nos hace humanos.

La ciencia cambia nuestra manera de ver el mundo; en cambio, la tecnología cambia nuestra manera de vivir. En griego, la palabra “tecne” incluía los conceptos de arte y ciencia aplicada, es decir, todo uso del conocimiento para la acción humana inteligente. La sociedad actual es la que mayor manejo ha hecho de la tecnología en toda la historia; sin embargo, ha asociado los desarrollos técnicos a la ingeniería y se ha desvinculado del humanismo.

Nunca antes se ha necesitado con tanta urgencia una zona de intersección para poder llenar el hueco ético sobre el uso de los descubrimientos. Según el excepcional divulgador Carl Sagan, “en toda la historia del mundo, no ha habido ninguna época como esta en la que se hayan producido tantos cambios significativos”. Para este científico, “la predisposición al cambio, la búsqueda reflexiva de futuros alternativos son la clave para la supervivencia de la civilización y tal vez de la especie humana”. Y este es el terreno de la ciencia ficción.

La utopía del presente
El novelista Isaac Asimov definió la ciencia ficción como “la narrativa que analiza la respuesta humana a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología”. La ciencia ficción es una excelente herramienta para la experimentación y el análisis social. Al contrario de lo que pueda parecer, no trata del futuro, sino del presente, pero de un presente contemplado desde una perspectiva utópica. La literatura fantástica no es visionaria ni profética, sino una prolongación imaginativa, una proyección de los desarrollos vigentes de la aventura científica.

Metrópoli

Arquitectos y urbanistas planificaron un futuro de grandes metrópolis de rascacielos, con aceras móviles, autopistas de siete carriles y trenes de alta velocidad

La ciencia ficción trasmite frases de conocimientos desconocidos o hipotéticos donde el modelo racional de la ciencia no puede llegar y, en su defecto, profundiza en aspectos filosóficos y sociales. Los robots nos hablan de la dualidad “ser humano y máquina”, y en la capacidad de conferir cualidades humanas de inteligencia, conciencia y libertad a un ser manufacturado; la clonación nos sugiere la idea de la participación de la genética y la interacción social en la formación de una personalidad, de un yo; etc.

De nada sirve el progreso del saber si no progresa el hombre. Como explica Héctor Castañeda, investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) y divulgador experto en género fantástico, “la ciencia ficción nos permite especular y plantearnos cuestiones sociales y morales sobre los efectos de los descubrimientos científicos en la sociedad y el individuo”. Para el investigador, la función de la ciencia ficción es doble: “no sólo nos provee indirectamente de conocimiento científico, de ideas ingeniosas que están en el ambiente, sino que nos hace pensar y reflexionar sobre las implicaciones de esos descubrimientos en nuestra vida diaria”.

Necesitamos urgentemente una exploración de futuros alternativos para adaptarnos a los constantes cambios sociales que la ciencia nos trae. “Si sobrevivimos, la ciencia ficción habrá hecho una contribución vital a la continuación y evolución de nuestra civilización”, sostenía Sagan. La historia de la ciencia es una gran novela de suspense. Pero una cosa es la ficción extravagante y otra la anticipación prospectiva.

La aventura de la ciencia
Aunque podemos encontrar la sombra de la ciencia ficción en algunos relatos de la Antigüedad, como los viajes a la Luna del escritor sirio Luciano de Samosata (125-192 d.C), o más adelante el imaginado por el astrónomo Johannes Kepler en Somnium (1634), el género, tal y como lo conocemos hoy, aparece como consecuencia de la Revolución Industrial y tiene como base la aparición de la tecnología. Según los expertos, la primera obra de ciencia ficción es Frankenstein (1818), de Mary Shelly.

No obstante, los verdaderos padres de la novela científica son dos autores europeos, Jules Verne y Herbert G. Wells. Ambos concibieron y profetizaron maravillas científicas cuidadosamente elaboradas a partir de un bien fundado conocimiento y una prodigiosa imaginación. La minuciosa elaboración y el cuidado formal de sus obras asentaron las bases de la ciencia ficción, aunque el género no pasará a llamarse así hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX.

Si bien es cierto que el género ha resultado en ocasiones demasiado fantástico, hay notables excepciones de científicos literatos de notable calidad como Isaac Asimov, doctorado en bioquímica, el físico y matemático Arthur C. Clarke, el psicólogo Stanislaw Lem o el astrónomo y matemático Fred Hoyle, entre otros. Para el autor de Un mundo feliz (1932), Aldous Huxley (graduado en medicina, que nunca llegó a ejercer), la incorporación de la visión científica a la literatura no sólo era posible sino deseable: “la condición previa de cualquier relación fructífera entre literatura y ciencia es el conocimiento”.

Norman Bel Geddes diseño en 1929 un avión anfibi trasatlántico que incorporaba gimnasio, solarium y orquesta entre otras comodidades

Norman Bel Geddes diseño en 1929 un avión anfibi trasatlántico que incorporaba gimnasio, solarium y orquesta entre otras comodidades

La obra de ciencia ficción es un ensayo, un experimento fuera del laboratorio de gran utilidad. Como explica Castañeda, “la ciencia ficción puede ayudar a especular sobre posibles límites de las leyes físicas, o bien hacer experimentos del tipo ‘que pasaría si…’, tomar leyes o descubrimientos y estirarlos hasta ver implicaciones que pueden parecer descabelladas, pero que son útiles como ejercicio intelectual”. Sin embargo, puntualiza que, si bien “las cosas que se cuentan pueden ser casi imposibles, o requerir energías inimaginables”, en la ciencia ficción de calidad “no puedes ir contra las reglas de la ciencia”.

En la misma opinión se encuentra Enrique Joven, ingeniero del IAC, guionista y escritor de literatura fantástica: “la prospección y la imaginación implícita en la ciencia ficción son una buena herramienta para la ciencia”. El género ha servido frecuentemente a la comunidad científica “para inventar ciencia que no es demostrable, pero cuya especulación es atractiva”.

La ciencia ficción no sólo configura un amplio mundo de fabulación para reflexionar sobre el cambiante mundo de nuestros días sino que, como apunta Castañeda, ha sido tradicionalmente “un método de popularizar la ciencia, especialmente entre los jóvenes”. El género se ha consagrado como una buena manera de aproximar al mundo de las letras y el arte a las personas que han optado a una carrera científica-técnica. “Es lo más parecido a un puente entre la ciencia y la literatura”, explica Enrique Joven, “muchos escritores se han acercado a la ciencia y muchos científicos empezaron gracias a la ciencia ficción”.

Platón comparó al investigador con el navegante. Y es precisamente de lo que se encarga la ciencia ficción, comunicar la pasión de ir más allá del horizonte imaginable, la fascinación por la aventura de la ciencia. En un momento en el que la especialización del conocimiento supone una seria dificultad de comunicación y comprensión del mundo, la ciencia ficción nos acerca a nuevas orillas y recupera algo que no deberíamos haber perdido nunca: la capacidad de contemplar la ciencia con la curiosidad de un niño.

Versión .pdf del artículo publicado en La Opinión de Tenerife

La ciencia ficción ha resultado ser un buen hilo para coser los bordes de esa herida que separa la Ciencia y el Humanismo. No existe un futuro sin un presente que analice los cambios venideros. La ciencia ficción funciona como anticipación y advertencia de las consecuencias probables del progreso científico-técnico, cada vez más desprovisto de reflexión y de crítica. En un mundo en el que la realidad va tan aprisa, que casi todo se convierte en arqueología nada más nacer, la literatura fantástica tiene una gran capacidad de permanencia y análisis social.

El término “ciencia ficción” recoge en su propio nombre una dualidad intrínseca, una fragmentación, un cruce de caminos entre dos dimensiones de nuestra cultura. Y como en la vida cotidiana, lo que se sabe del prójimo es siempre de segunda mano. Para muchos científicos, la literatura carece de importancia como fuente de conocimiento, y muchos literatos niegan a la ciencia la capacidad de construir afectos. Cierto es que son pocos los escritores que pueden definir la segunda ley de la termodinámica, y son pocos los científicos que concedan a las artes el poder de observación y razonamiento apto para describir la realidad.

Sin embargo, la ciencia y su resultado, la tecnología, es consustancial al ser humano. En la película 2001 Una Odisea en el Espacio (adaptación de una novela de Arthur C. Clarke), un primate lanza al aire un hueso y encadena con una estación espacial. No podemos entendernos a nosotros mismos sin analizar la relación que tenemos con lo tecnológico. Confeccionar herramientas es, en esencia, la principal característica que nos hace humanos.

La ciencia cambia nuestra manera de ver el mundo; en cambio, la tecnología cambia nuestra manera de vivir. En griego, la palabra “tecne” incluía los conceptos de arte y ciencia aplicada, es decir, todo uso del conocimiento para la acción humana inteligente. La sociedad actual es la que mayor manejo ha hecho de la tecnología en toda la historia; sin embargo, ha asociado los desarrollos técnicos a la ingeniería y se ha desvinculado del humanismo.

Nunca antes se ha necesitado con tanta urgencia una zona intersección para poder llenar el hueco ético sobre el uso de los descubrimientos. Según el excepcional divulgador Carl Sagan, “en toda la historia del mundo, no ha habido ninguna época como esta en la que se hayan producido tantos cambios significativos”. Para este científico, “la predisposición al cambio, la búsqueda reflexiva de futuros alternativos son la clave para la supervivencia de la civilización y tal vez de la especie humana”. Y este es el terreno de la ciencia ficción.

La utopía del presente

El novelista Isaac Asimov definió la ciencia ficción como “la narrativa que analiza la respuesta humana a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología”. La ciencia ficción es una excelente herramienta para la experimentación y el análisis social. Al contrario de lo que pueda parecer, no trata del futuro, sino del presente, pero de un presente contemplado desde una perspectiva utópica. La literatura fantástica no es visionaria ni profética, sino una prolongación imaginativa, una proyección de los desarrollos vigentes de la aventura científica.

La ciencia ficción trasmite frases de conocimientos desconocidos o hipotéticos donde el modelo racional de la ciencia no puede llegar y, en su defecto, profundiza en aspectos filosóficos y sociales. Los robots nos hablan de la dualidad “ser humano y máquina”, y en la capacidad de conferir cualidades humanas de inteligencia, conciencia y libertad a un ser manufacturado; la clonación nos sugiere la idea de la participación de la genética y la interacción social en la formación de una personalidad, de un yo; etc.

De nada sirve el progreso del saber si no progresa el hombre. Como explica Héctor Castañeda, investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) estrechamente vinculado a la divulgación científica a través del género fantástico, “la ciencia ficción nos permite especular y plantearnos cuestiones sociales y morales sobre los efectos de los descubrimientos científicos en la sociedad y el individuo”. Para el investigador, la función de la ciencia ficción es doble: “no sólo nos provee indirectamente de conocimiento científico, de ideas ingeniosas que están en el ambiente, sino que nos hace pensar y reflexionar sobre las implicaciones de esos descubrimientos en nuestra vida diaria”.

Necesitamos urgentemente una exploración de futuros alterna­tivos para adaptarnos a los constantes cambios sociales que la ciencia nos trae. “Si sobrevivimos, la ciencia ficción habrá hecho una contribución vital a la continuación y evolución de nuestra civilización”, sostenía Sagan. La historia de la ciencia es una gran novela de suspense. Pero una cosa es la ficción extravagante y otra la anticipación prospectiva.

La aventura de la ciencia

Aunque podemos encontrar la sombra de la ciencia ficción en algunos relatos de la Antigüedad, como los viajes a la Luna del escritor sirio Luciano de Samosata (125-192 d.C), o más adelante el imaginado por el astrónomo Johannes Kepler en Somnium (1634), el género, tal y como lo conocemos hoy, aparece como consecuencia de la Revolución Industrial y tiene como base la aparición de la tecnología. Según los expertos, la primera obra de ciencia ficción es Frankenstein (1818), de Mary Shelly.

No obstante, los verdaderos padres de la novela científica son dos autores europeos, Jules Verne y Herbert G. Wells. Ambos concibieron y profetizaron maravillas científicas cuidadosamente elaboradas a partir de un bien fundado conocimiento y una prodigiosa imaginación. La minuciosa elaboración y el cuidado formal de sus obras asentaron las bases de la ciencia ficción, aunque el género no pasará a llamarse así hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX.

Si bien es cierto que el género ha resultado en ocasiones demasiado fantástico, hay notables excepciones de científicos literatos de notable calidad como Isaac Asimov, doctorado en bioquímica, el físico y matemático Arthur C. Clarke, el psicólogo Stanislaw Lem o el astrónomo y matemático Fred Hoyle, entre otros. Para el autor de Un mundo feliz (1932), Aldous Huxley (graduado en medicina, que nunca llegó a ejercer), la incorporación de la visión científica a la literatura no sólo era posible sino deseable: “la condición previa de cualquier relación fructífera entre literatura y ciencia es el conocimiento”.

La obra de ciencia ficción es un ensayo, un experimento fuera del laboratorio de gran utilidad. Como explica Castañeda, “la ciencia ficción puede ayudar a especular sobre posibles límites de las leyes físicas, o bien hacer experimentos del tipo ‘que pasaría si…’, tomar leyes o descubrimientos y estirarlos hasta ver implicaciones que pueden parecer descabelladas, pero que son útiles como ejercicio intelectual”. Sin embargo, puntualiza que, si bien “las cosas que se cuentan pueden ser casi imposibles, o requerir energías inimaginables”, en la ciencia ficción de calidad “no puedes ir contra las reglas de la ciencia”.

En la misma opinión se encuentra Enrique Joven, ingeniero del IAC, guionista y escritor de literatura fantástica: “la prospección y la imaginación implícita en la ciencia ficción son una buena herramienta para la ciencia”. El género ha servido frecuentemente a la comunidad científica “para inventar ciencia que no es demostrable, pero cuya especulación es atractiva”.

La ciencia ficción no sólo configura un amplio mundo de fabulación para reflexionar sobre el cambiante mundo de nuestros días sino que, como apunta Castañeda, ha sido tradicionalmente “un método de popularizar la ciencia, especialmente entre los jóvenes”. El género se ha consagrado como una buena manera de aproximar al mundo de las letras y el arte a las personas que han optado a una carrera científica-técnica. “Es lo más parecido a un puente entre la ciencia y la literatura”, explica Enrique Joven, “muchos escritores se han acercado a la ciencia y muchos científicos empezaron gracias a la ciencia ficción”.

Platón comparó al investigador con el navegante. Y es precisamente de lo que se encarga la ciencia ficción, comunicar la pasión de ir más allá del horizonte imaginable, la fascinación por la aventura de la ciencia. En un momento en el que la especialización del conocimiento supone una seria dificultad de comunicación y comprensión del mundo, la ciencia ficción nos acerca a nuevas orillas y recupera algo que no deberíamos haber perdido nunca: la capacidad de contemplar la ciencia con la curiosidad de un niño.

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