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10 visiones artísticas de astronautas trastornados

Dese hace unos días La Formula del Lápiz tiene una nueva spin-off llamada La Fórmula del Cosmos, un microblog en el que iré recopilando cualquier tipo de arte inspirado en el Universo y la exploración espacial con el que vaya tropezando. Y qué mejor forma de inaugurarla que con una lista -elaborada con las primeras entradas publicadas-, de varios proyectos artísticos basados en la figura que más legítimamente representa la última aventura humana: los astronautas.

Aunque el interés por la belleza y el significado de la experiencia humana en el espacio sigue presente, como demuestra el reciente éxito de la película Gravity, desde que el hombre llegó a la Luna, ser astronauta nunca ha vuelto a ser lo mismo. La exploración espacial se ha convertido en algo rutinario. Los hombres del espacio ya no son intrépidos exploradores, sino adiestrados operarios de laboratorios espaciales. Hoy los astronautas no son héroes nacionales, sino hombres corrientes. No ocupan portadas de periódicos ni reúnen a millones de personas delante del televisor.

Culturalmente, tras el uso mediático, ideológico y propagandístico durante los primeros años de la carrera espacial, el astronauta ha pasado de ser un mito a convertirse en un icono pop que inspira campañas de publicidad, artículos de moda y hasta ropa de cama. Pero el arte, interesado por el viaje espacial desde los inicios de la astronáutica, ha continuado inspirándose en su figura. Si bien a finales del siglo pasado muchos artistas la utilizaron para criticar la estandarización de la cultura de masas (como la serie ‘Space’ del artista islandés Erró) o la manipulación informativa (como ‘Sputnik’ del catalán Joan Fontcuberta), en este siglo la mayoría de artistas parecen coincidir en relacionar al viajero espacial con la soledad, la incomunicación o la pérdida de valores e ideales. La siguiente lista, formada por siete proyectos fotográficos y tres pictóricos, son una muestra de esta tendencia.

1. Crash Landed  de Ken Hermann

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¿Qué pasaría si un día, al girar una calle o al levantar la cabeza en una biblioteca, descubres a un astronauta mirándote fijamente? El fotógrafo Ken Hermann, en ocasiones, ve astronautas deambulando por Copenhagen.  Leer más

2. Astronauts  de Hunter Freeman

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Los astronautas retratados por Hunter Freeman tienen miedo de salir de sus trajes, pero no es fácil adaptarse cuando vives encerrado en una escafandra espacial. Sin duda, para abandonar la Tierra antes es necesario salir de la ‘cuna de la mente’. Leer más

3. Space de Tyler Shields

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¿Quién no ha soñado, alguna vez, en ser astronauta? Sin embargo, el fotógrafo de moda Tyler Shieds tenía otro anhelo: utilizar una cámara Hasselblad 500 como la empleada durante el programa Apolo. Un día su sueño se hizo realidad. Leer más

 4. Lost Astronaut  de Nacho Alegre y Alicia Framis

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¿Por qué ninguna mujer ha ido a la Luna? La astronauta fotografiada por Nacho Alegre y reencarnada en la artista Alicia Framis lleva más de 40 años esperando su turno. Pero, ya se sabe, quien espera, desespera… o bien, como otras muchas mujeres en la historia, acaba haciéndose invisible y anónima. Leer más

5. Astronaut Suicides de Neil Dacosta

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Miles de horas de estudio, entrenamientos intensivos, noches de ojos abiertos imaginando el día en que tu sueño de ingravidez, por fin, se hará realidad… y llega Obama y te cancela el programa del transbordador espacial.  ¿No dan ganas de suicidarse? Leer más

6. Astronauts  de Bernard Bailly

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Los astronautas describen con frecuencia su primer vuelo espacial como una “sensación divina” o una “alucinación paradisíaca”. Los viajeros fotografiados por Bernard Bailly siguen en un estado alterado de conciencia. Leer más

7. Disportraits  de Matthias Schaller

¿Alguna vez has tenido la sensación cuando hablabas con alguien de que no te estaba escuchando? Probablemente es lo que te suceda con los astronautas de Matthias Schaller. Leer más

 8. Astronauts de Scott Listfield

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Los astronautas de Scott Listfield son el presagio de que  el turismo espacial será en unos años el equivalente a los viajes espirituales a la India. La sociedad de consumo tiene los días contados, claro que cuando los vuelos espaciales sean low cost y permitan acumular puntos. Leer más

9. Astronauts de Nicholas Forker

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Astronautas jugando al béisbol, posando con un balón de baloncesto o sentados en un sofá. El bolígrafo de Nicholes Forker escribe fino a la hora de retratar las contrariedades de la cultura americana. Leer más

10. Cosmonauts de Jeremy Geddes

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A los cosmonautas de Jeremy Geddes les gusta echar de comer a las palomas, pero no para matar el aburrimiento, sino para crear atmósfera y dramatismo. Como ángeles de una mitología cósmica, su vuelo espacial es al mismo tiempo un ascenso y una caída. Leer más

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Puntitos

Este corto obtuvo una Mención Especial en la Octava Edición de Jameson Notodofilmfest (Madrid, 2010) en la categoría Starlight. Realizado por Iván Jiménez

Jameson Notodofilmfest, con el apoyo del Instituto de Astrofísica de Canarias, invitó este año a realizar cortometrajes que se inspiraran en el tema “el cielo y las estrellas”. De casi un centenar de trabajos presentados a esta sección, que se llamó Starlight, sólo dos llegaron a la final celebrada el pasado 20 de abril en el Teatro Alcázar de Madrid.

Bajo el seudónimo de Noa Rodríguez Rodríguez, el/la director/a del film intenta dar explicación a las eternas preguntas sobre el Universo a través del humor y la ironía, resaltando los tópicos, las frases hechas y las reflexiones manidas que habitualmente acompañan las observaciones del cielo estrellado.

En la forma de una discusión de pareja, interpretada por Natalia Ruiz y Javier Martos, el corto avanza hasta una sorpresa final que da sentido a la buscada simplicidad visual y técnica del film, y que resalta, a modo de autocrítica, la cada vez más frecuente actitud en astrofísica y, en general, en la ciencia, de ver lo que se quiere ver.  También pretende ser una metáfora literal de lo “pequeños e insignificantes que somos” (parafraseando las trilladas palabras de uno de sus personajes), pero dando la vuelta a la popular y gastada visión de los seres humanos vistos como un hormiguero desde la altura.

Aunque se trata de un corto sencillo y poco elaborado (tan sólo se dedicó un par de horas en su realización y una caja de zapatos, la que aparece en el cartel), “Puntitos” confía en la inteligencia del público para que éste agrupe ideas y alcance sus propias conclusiones a través de un formato poco corriente y “bajo mínimos” narrativos: un plano fijo y dos personajes fuera de campo. Una elección arriesgada, pero ilustradora de que con una idea de base y sin medios se pueden contar historias y estimular la reflexión de temas tan profundos y complicados como lo es el Universo y nuestro lugar en él.

Enlace a la versión con seudónimo presentada en Notodofilmfest

Una esférica visión del Cosmos II

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Ilustraciones del libro “Imago Mundi” cedidas para la exposción “Cosmovisiones” del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC). Realizado por Iván Jiménez

“La figura y el movimiento del mundo contribuyen a darle armonía; la figura, porque siendo esférica y semejante a sí misma en todos sentidos puede encerrar en sí todas las demás figuras regulares; el movimiento, porque describe eternamente un círculo.”

Platón (s. IV a. C)

“Hay algo que se mueve con el movimiento continuo, el cual es el movimiento circular. No sólo lo prueba el razonamiento, sino el hecho mismo. De aquí se sigue que el primer cielo debe ser eterno.”

Aristóteles (s. IV a. C)

“El Ser es semejante a la masa de una esfera bien redondeada, cuya fuerza es constante desde el centro en cualquier dirección.”

Parménides (s. VI a. C)

“Cuando sigo a mi capricho la apretada multitud de las estrellas en su curso circular, mis pies ya no tocan la Tierra.”

Ptolomeo (s. II)

“La esfera de las estrellas es inmóvil; la Tierra, haciendo una revolución, produce el nacimiento y el ocaso cotidiano de las estrellas y de los planetas.”

Aryabhata (s. VI)

“La perfección última de una cosa es que se una con su principio; por eso también se dice que el círculo es una figura perfecta, porque tiene el mismo principio y fin.”

Tomás de Aquino (s.XIII)

“Mas ya movía mi deseo y mi querer,
como rueda a su vez movida,
el amor que mueve el Sol y las demás estrellas.”

“La Divina Comedia”, Dante (s.XIV)

“La máquina del mundo tendrá el centro en cualquier lugar y la circunferencia en ninguno, pues la circunferencia y el centro son Dios, que está en todas partes y en ninguna.”

Nicolás de Cusa (s. XV)

“Podemos afirmar con certidumbre que el Universo es todo centro, o que el centro del Universo está en todas partes y la circunferencia.”

Giordano Bruno (s. XVI)

“El mundo es esférico, sea porque es la forma más perfecta de todas, sin comparación alguna, totalmente indivisa, sea porque es la más capaz de todas las figuras, la que más conviene para comprender todas las cosas y conservarlas, sea también porque las demás partes separadas del mundo (me refiero al Sol, a la Luna y a las estrellas) aparecen con tal forma.”

Nicolás Copérnico (s. XVI)

“Es imposible que la razón, sin una instrucción previa, pueda dejar de imaginar que la Tierra es una especie de casa inmensa con la bóveda del cielo situada sobre ella; una casa inmóvil dentro de la cual el Sol, que es tan pequeño, pasa de una región a otra como pájaro errante a través del aire.”

Johannes Kepler (s. XVII)

“La entera creación como una coalición de todas las estrellas distribuidas en forma esférica alrededor de un centro general y todas gobernadas por una misma ley.”

Thomas Wright (s. XVIII)

“Nosotros sabemos que un círculo es un ser más elevado que una línea recta, en la medida en que el conocimiento y la sabiduría son más dignos de estima que el mero afecto.”

“Planilandia”, Edwin A. Abbot  (s. XIX)

“La forma primordial de cualquier cosa manifiesta, del átomo al globo, del hombre a los ángeles, es esferoidal, siendo la esfera, en todas las naciones, el emblema de eternidad y del infinito”.

Helena Blavatsky (s. XIX)

“El desplazamiento en el a línea recta hacia cualquier planeta sólo puede conseguirse mediante el recorrido en círculos de satélites intermedios, que proporcionarán una línea directa de círculos de un satélite a otro.”

Kazimir Malevich (s.XX)

“Oculto en el cambiante esquema de las cifras , en lo más recóndito del número irracional, se hallaba un círculo perfecto, trazado mediante unidades dentro de un campo de ceros. El universo había sido creado ex profeso, manifestaba el círculo. En cualquier galaxia que nos encontremos, tomamos la circunferencia de un círculo, la dividimos por su diámetro y descubrimos un milagro: otro círculo que se remonta kilómetros y kilómetros después de la coma decimal. (…) En tanto y cuanto habitemos en este universo y poseamos un mínimo talento para la matemática, tarde o temprano lo descubriremos porque ya está aquí, en el interior de todas las cosas. No es necesario salir de nuestro planeta para hallarlo. En la textura del espacio y en la naturaleza de la materia, al igual que en una gran obra de arte, siempre figura, en letras pequeñas, la firma del artista. Por encima del hombre, de los demonios, de los guardianes y constructores de túneles, hay una inteligencia que precede el Universo. El círculo se ha cerrado. Eleanor encontró, por fin, lo que buscaba.”

“Contact”, Carl Sagan (s. XX)

Una esférica visión del Cosmos

“El universo había sido creado ex profeso, manifestaba el círculo. En cualquier galaxia que nos encontremos, tomamos la circunferencia de un círculo, la dividimos por su diámetro y descubrimos un milagro: otro círculo que se remonta kilómetros y kilómetros después de la coma decimal.” Carl Sagan, Contact

Los pueblos de América Central alcanzaron un alto grado de conocimientos astronómico. La figura muestra un monolito circular con cuatro círculos concéntricos. En el centro se distingue el rostro del Dios Sol. Lo flanquean cuatro figuras de forma cuadrada que representan cuatro soles. El círculo exterior está formado por 20 áreas, los días de cada uno de los 18 meses del calendario azteca.

Circunferencias, círculos, esferas… La simetría circular es la forma matemática más frecuente en la naturaleza. La circunferencia es el perímetro más corto que encierra una superficie plana. La esfera es la menor superficie que encierra un volumen. El círculo protege, rueda, mueve. Es perfección y armonía; orden y belleza.

No es casualidad que desde el primer momento en el que la humanidad dirigió su mirada al cielo creyera ver una geometría circular que proveía de armonía y movimiento al Cosmos. A simple vista, el Universo finge reflejar en él la perfección de la esfera y la inercia de un círculo: la redondez está en muchos de los objetos que lo componen, como el Sol, las estrellas y los planetas; y el cielo parece moverse como una esfera de estrellas fijas rodeando la Tierra.

El círculo, la esfera, han seducido tanto a la ciencia como al arte. No sólo es la forma más simétrica y estable en la naturaleza, sino que constituye el símbolo a través del cual el hombre ha tratado de entender los misterios del mundo. En la historia de la astronomía tiene un especial significado: el orden y la belleza del movimiento planetario, la perfección geométrica de los cuerpos celestes e incluso la armonía en sentido musical, “la música de las esferas”.

A la vez, son muchas las representaciones artísticas que han llegado hasta nuestros días a través de libros y manuscritos en los cuales  la hegemonía de lo círcular es más que evidente a la hora de ilustrar los grandes conceptos de la creación, Dios o el Cosmos.  Sólo el desarrollo de la astronomía moderna, gracias al telescopio, consiguió romper la fascinación por el círculo y dotar al Universo de su verdadera forma y lugar.

De sphaera mundi. La divina geometría

El Universo geocéntrico en la Europa Cristiana situaba la Tierra, con las aguas y los continentes, en el centro del Universo y rodeada de los círculos del Aire y del Fuego. En el exterior, se mueven concéntricamente las esferas que contienen los planetas, el Sol y la Luna, así como las representaciones del zodiaco. Entre ésta última franja y las estrellas fijas, está el 'Primum Mobile', que transmite el movimiento a todo el Universo.

Fue la escuela griega quien dio a la astronomía una verdadera importancia científica. Los filósofos griegos tenían una concepción geocéntrica del mundo. Propusieron un modelo en el que los planetas, además de la Luna y el Sol, giraban en torno de la Tierra, el centro del Universo, describiendo círculos a velocidad constante. Esta idea estaba de acuerdo con un sentido de lo que parecía bello y elegante. El círculo era la forma más perfecta, sin principio ni final. Y el movimiento circular era, sin duda, el más apropiado para cuerpos tan sublimes como los celestes. El modelo geocéntrico de los griegos (conocido como modelo aristotélico) fue ampliado por Claudio Ptolomeo en el siglo II d. C hasta constituir un modelo cosmológico completo en el que la Tierra estaba rodeada concretamente de ocho esferas concéntricas donde se engarzaban la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter, Saturno, la esfera del Zodíaco y las estrellas fijas.

Sin embargo, el modelo griego no explicaba algunas singularidades como, por ejemplo, por qué algunos planetas parecían describir bucles mientras avanzaban con respecto a las estrellas fijas. Debido a estos extraños cambios en su movimiento, a los planetas se les denominó “estrellas errantes”. Para solucionar el problema, Ptolomeo ideó un ingenioso sistema en el cual la Tierra no estaba en el centro exacto (ecuante). Y los planetas giraban alrededor de su propia órbita (epiciclo), mientras describían un gran círculo (deferente). Así, los planetas no estaban sujetos directamente a las esferas, sino mediante una rueda excéntrica. Cuando la esfera gira, la rueda entra en rotación y los planetas rizan su trayectoria.

Este esquema del mundo, representa el modelo matemático de Ptolomeo. Todos los planetas, a excepción del Sol, tienen epiciclos. Y la esfera de las estrellas fijas es concéntrica a la Tierra. También lo son las siete esferas, todas de color azul, que transmiten el movimiento a las esferas planetarias.

La Iglesia cristiana no tuvo problemas para aceptar y abrazar el modelo geocéntrico ptolemaico como la imagen del Universo que mejor se ajustaba a las escrituras y constituyó el paradigma de la ciencia medieval hasta la revolución científica moderna. Además, presentaba la gran ventaja de dejar más allá de la esfera de las estrellas fijas una enorme cantidad de espacio para acomodar nuevas esferas transparentes e invisibles. La más externa fue denominada Empíreo, donde los ángeles, santos y bienaventurados gozaban de la presencia de Dios. Por debajo se encontraba el Primum Mobile (‘primer motor’), una fuerza mística encargada de trasmitir el movimiento a las demás esferas. El mundo era así más perfecto y más adecuado a como Dios, obviamente, debía de haberlo creado.

De revolutionibus. La revolución cosmológica

Conforme avanzaban los siglos y los astrónomos realizaban observaciones cada vez más continuas y precisas, el sistema de Ptolomeo se manifestaba incapaz de explicar los fenómenos celestes del Sistema Solar. Se imponía la necesidad de una reforma fundamental que no tardó en realizarse. En 1543, Nicolás Copérnico publicó una hipótesis totalmente diferente y reveladora que proponía Sol, y no a la Tierra, como el centro del Universo. Copérnico tardó 25 años en desarrollar su modelo heliocéntrico. Su obra De Revolutionibus Orbium Coelestium (De las Revoluciones de las Esferas Celestes) se considera el inicio de la astronomía moderna y marcó uno de los mayores cambios en la historia de la ciencia que afectó también a la filosofía y la religión.

La idea de Heráclides pudo llegar a la Edad Media a través de ilustraciones como ésta. En la imagen vemos al Sol casi en el centro del Zodiaco rodeado por Mercurio y Venus girando en órbitas no concéntricas. El Sol y la Luna giran alrededor de la Tierra, que presenta una extraña forma oblonga, mientras que Júpiter y Saturno giran tanto alrededor de la Tierra como del Sol.

Antes de elaborar su teoría, Copérnico estudió los textos griegos y descubrió que la rotación de la Tierra y el sistema heliocéntrico ya habían sido propuestos en la antigua Grecia. Heráclides Póntico (s. IV a. C), discípulo de Aristóteles y de la escuela platónica, afirmó que el movimiento aparente diurno del cielo se debía al movimiento de nuestro planeta, cada 24 horas, alrededor de su eje. Y dedujo que los planetas Mercurio y Venus giraban alrededor del Sol, que a su vez daba vueltas a la Tierra. Una idea revolucionaria que situará a Heráclides entre los precursores de Copérnico. Más adelante, Aristarco de Samos (s. III a. C), propuso un modelo totalmente heliocéntrico. Diecisiete siglos habrían de pasar para que la imagen de los planetas girando alrededor del Sol volviera a aparecer.

No obstante, en la época en que se publicó la obra de Copérnico resultaba difícil que los científicos lo aceptaran. Muchos consideraron que se trataba sólo de un artificio para calcular los movimientos de los planetas. Su teoría también levantó una tormenta de protestas de otro tipo. La idea de que el Sol, generoso creador de luz y calor, debía ser el soberano de los planetas más pequeños, era totalmente contraria a las enseñanzas religiosas occidentales. El propio Copérnico, consciente de la polémica que generarían sus ideas, quiso que el libro se publicara estando en su lecho de muerte y dedicó el mismo al Papa. Más tarde, la Iglesia católica colocaría la obra en su lista de libros prohibidos.

Con esta imagen Thomas Digges sugiere una de las más profundas transformaciones en la historia del pensamiento científico. La esfera de las estrellas fijas, que hasta entonces siempre había encerrado el Universo entero, se quebranta; las estrellas parecen salirse de los bordes de la página. Por primera vez se representa un Universo no terminado, infinito y poblado de estrellas.

Durante los siglos XVI y XVII hubo un intenso debate entre los do sistemas del mundo, copernicano y ptolemaico. En ambos casos el Universo todavía se encontraba limitado por una única esfera externa formada por las estrellas. Sin embargo, algunos astrónomos como Thomas Digges y Giordano Bruno empezaron a imaginar las estrellas como otros soles poblando un Universo infinito. De alguna manera, comenzaba a resquebrajarse el sistema imperante hasta ese momento. Las estrellas no estaban necesariamente dispuestas sobre una esfera, sino que se encontraban a distintas distancias de la Tierra; el Universo ya no podía concebirse como finito. Por defender esta idea, demasiado avanzada para su tiempo, Bruno perecería en la hoguera.

Astronomía nova. La cuadratura del círculo

El sistema copernicano, mucho más simple y superior a todos los precedentes, no estaba libre de defectos. Copérnico compartió el apego al prestigio de las formas perfectas del círculo y la esfera, y representó el sistema solar con órbitas circulares y con distancias respectivas bastante equivocadas. En conjunto, la visión copernicana no tuvo un impacto inmediato. Pasó casi un siglo para que científicos de la talla de Galileo Galilei, Johannes Kepler e Isaac Newton completaran la revolución astronómica liberando a la astronomía de los residuos geocéntricos.

El Sol irradia con su luz todo el Universo. La Tierra y el globo sublunar, constituido por los cuatro elementos, gira alrededor del Sol dejando en su interior las órbitas de Mercurio y Venus. Júpiter está representad, además, con los cuatro satélites descubiertos por Galileo en 1610. Y el octavo cielo se representa con las doce figuras zodiacales.

Gracias al telescopio de Galileo se inició una era de descubrimientos y observaciones que elevó progresivamente el conocimiento del Universo. Lo primero que Galileo observó fue la Luna. Ya no parecía un disco perfectamente liso, sino que tenía montañas y estaba llena de cráteres. A continuación dirigió su telescopio a Júpiter y avistó cuatro lunas (que hoy son 12). De modo que los cuerpos celestes no giraban exclusivamente alrededor de la Tierra. Y por último, volvió su telescopio hacia el Sol y descubrió manchas en su superficie que cambiaban de forma y posición. Las observaciones con el telescopio demostraban que los cielos no eran inmutables e indestructibles, y que toda la materia debería ser la misma en todas partes. Había comenzado la astronomía moderna.

Pitágoras, Platón, Ptolomeo y todos los astrónomos cristianos, daban por sentado que el círculo era la forma geométrica más perfecta. Fiel a esta convicción, Kepler relacionó las órbitas de los planetas con los sólidos regulares, como plasmó en su obra Mysterium Cosmographicum (a la izquierda) y con los acordes musicales, idea que fue compartida por muchos, entre ellos Robert Fludd (imagen de la derecha) que representó el Universo entero atravesado por un instrumento musical con una sola cuerda afinado, claro, por la mano divina.

Sin embargo, la geometría circular seguía ofreciendo una imagen de perfección y de esplendor cósmico que nadie estaba dispuesto cuestionar. El Cosmos parecía estar dotado de un “concierto admirable” conseguido mediante movimientos regulares, órbitas circulares y proporciones armoniosas. Muchos científicos siguieron empeñados en hacer encajar las piezas de la maquinaría celeste y creyeron ver correspondencias y analogías según las creencias de los antiguos matemáticos griegos.

El empleo del telescopio reveló que muchos objetos celestes estaban formados en realidad por muchas estrellas. En la imagen está representado el sistema solar con sus planetas, la Luna, los satélites de Júpiter y de Saturno. No sólo el Sol está rodeado por planetas que orbitan en elipses, sino también todas las estrellas que forman 'otros mundos'. En la parte inferior discuten las figuras de Ptolomeo, Copérnico, Keplero y Tycho Brahe.

Destacan los esfuerzos de Johannes Kepler quien relacionó los seis planetas conocidos hasta el momento (Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter y Saturno) con los cinco sólidos regulares o “platónicos”. De esta forma, cada uno de los polígonos regulares, inscritos o anidados uno dentro del otro, determinaban las distancias del Sol a los planetas. Fiel a su visión, Kepler también creyó ver la prueba irrefutable de la perfección celeste en la “música de las esferas”, un concepto pitagórico que sostenía que las esferas de los planetas emitían sonidos que combinados producían una música armónica. Kepler tuvo la convicción de que la velocidad de cada planeta correspondía a ciertas notas de la escala musical latina.

Finalmente, los descubrimientos de nuevos planetas como Urano y Neptuno, así como de las lunas de Júpiter, y el aumento en la precisión de las mediciones hizo comprender a Kepler que la fascinación por el círculo había sido un engaño. Advirtió que los planetas no describen círculos alrededor de la Tierra a velocidad constante, sino que se mueven alrededor del Sol describiendo ‘elipses’ a velocidad variable. Roto el hechizo del círculo, las elipses de Kepler dejaban un misterio por resolver. ¿Qué es lo que mueve a los planetas? La solución llegó unos pocos años después, cuando Isaac Newton publicó su famosa teoría de la gravitación. Su obra culminaba la revolución científica iniciada por Copérnico y proporcionaba el fundamento científico de la moderna visión del mundo.

Este texto pertenece al catálogo de la exposición “Cosmovisiones” del Instituto de Astrofísica de Canarias. (Versión .pdf)

Entrevista a Juan Arana

Catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla

“Si un hombre nunca se contradice, será porque nunca dice nada.” Miguel de Unamuno

(Entrevista realizada para el canal VOCES del Instituto de Astrofísica de Canarias)

El conocimiento se inicia con las noches estrelladas, cuando surge la irremediable pregunta de cómo empezó todo. No es casualidad que la ciencia y la filosofía avanzaran juntas durante muchos siglos en el intento de dar una explicación a las propiedades de la naturaleza y de nosotros mismos. Todo cambió con la revolución científica del siglo XVII. Con la razón monopolizada por la ciencia, la filosofía se hizo más aséptica y abstracta, y los científicos iniciaron un periodo de especialización obcecada que aún hoy continúa. Sin embargo, una joven disciplina, la cosmología, ha abierto el diálogo. Las viejas preguntas vuelven a ser formuladas: el origen y el destino del universo, la infinitud, la nada, el azar, el tiempo, etc. En este cruce de caminos se encuentra Juan Arana, catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla y fiel defensor en España de la Tercera Cultura , una nueva filosofía natural que pretende poner fin al divorcio entre la cultura humanística y la científica.

Un Universo de preguntas

¿Dios o la materia?

Portada del libro '¿Dios o la materia?'. Editorial Áltera

Hace unos meses apareció publicado un libro bajo el título “¿Dios o la materia?” (Ed. Altera, 2008). Podría parecer una obra más de las muchas que se han lanzado al mercado editorial como remedio homeopático para la existencia. Sin embargo, dos aspectos llaman la atención: el primero, que se plantee bajo signos de interrogación, lo que sugiere la sana costumbre de proponer preguntas en lugar de ofrecer verdades únicas; y el segundo, un tentador subtítulo aclarando lo que en él se ofrece:”un debate sobre cosmología, ciencia y religión”. Es decir, que nos encontramos en un cruce de caminos, un intento de acercar, después de más de dos siglos de alejamiento mutuo, la cultura científica y la humanista. Como en todo diálogo se necesitan al menos dos personas, un investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias, Martín López Corredoira, y un filósofo de la Universidad de Bremen (Alemania), Francisco Soler Gil, se han planteado el propósito de dejar de lado los particularismos que los separa y ofrecer al lector la posibilidad de posicionarse por sí mismo sobre la eterna pregunta de la creación. No hay que olvidar que el conocimiento se inicia con las noches estrelladas, cuando surge la irremediable pregunta de cómo empezó todo.

La separación de saberes
La ciencia y la filosofía avanzaron juntas durante muchos siglos en el intento de dar una explicación satisfactoria a las propiedades de la naturaleza y, también, de nosotros mismos. “Antiguamente, un filósofo serio trataba de saber todo lo referente a las ciencias naturales de su época”, explica Soler Gil. Sin embargo, todo cambió con la revolución científica del siglo XVII. El triunfo definitivo de la física de Newton auguró un futuro donde las verdades dejaron de estar vetadas para el hombre y el método teórico-experimental se erigió como el único y más exitoso modo de descifrar el sistema del mundo. En este sueño de rigor que no admitía más que certezas absolutas en base a demostraciones empíricas, los filósofos se encerraron en las universidades, huyendo de las preguntas capitales, los problemas últimos que siempre habían preocupado al hombre, a favor de cuestiones más asépticas y difíciles de comunicar. “El exceso de erudición ha llevado a la filosofía a perder el contacto con la realidad y la visión de conjunto”, explica el filósofo de la Universidad de Sevilla, Juan Arana, autor del prólogo del libro.

Al desapego inicial  pronto le siguió la desconfianza. “Si vamos a una facultad de filosofía sigue habiendo cierta aversión a la ciencia; consideran que los científicos son sólo obreros del saber, pero el pensamiento real está en la filosofía”, critica el astrofísico López Corredoira, aunque añade que el desinterés es desgraciadamente mutuo: “en las estudios científicos se ve la filosofía como un pasatiempo, algo que tuvo su gloria, pero lo importante es hacer un gran telescopio y sacar más y más datos”. Para el investigador la relación está desequilibrada, “sobran datos y faltan preguntas”.

Si bien la filosofía está condicionada por la propia experiencia, la ciencia se ayuda de instrumentos externos para percibir aspectos de la naturaleza insospechados. En el propósito común de comprender cómo son las cosas, “la filosofía del siglo XXI no debe estar de espaldas al desarrollo de la ciencia, sobre todo, en aquellos temas que tengan que ver con la realidad  y el conocimiento del ser”, afirma López Corredoira, tal vez quien mejor representa esta voluntad de mestizaje al compaginar la investigación astrofísica con la publicación regular de ensayos filosóficos. Para Soler Gil, también de formación científica y dedicado a la Filosofía de la Física, “si se considera la ciencia como la tarea de recopilar datos, ninguna de las teorías importantes de la historia de la física se hubieran creado; todo surge por un intento de descubrir la realidad que se oculta detrás de los fenómenos y esa es la función de la filosofía, plantearse preguntas”. Y sitúa el éxito de Newton y Galileo en que “eran físicos y filósofos al mismo tiempo”.

Ejemplar de "Principios matemáticos de la filosofía natural", obra publicada por Newton en 1687 donde desarrolló sus conocidas teorías sobre el movimiento y la gravitación. Además de su importancia científica, el físico consideró que se trataba de una obra filosófica ya que proponía una descripción mecanicista de la realidad

Ejemplar de "Principios matemáticos de la filosofía natural", obra publicada por Newton en 1687 donde desarrolló sus conocidas teorías sobre el movimiento y la gravitación. Además de su importancia científica, el físico consideró que se trataba de una obra filosófica ya que proponía una descripción mecanicista de la realidad

Aunque son cada vez más los que perciben la necesidad de un proyecto interdisciplinar, no siempre el acercamiento ha sido positivo. “Hay muchos filósofos que se han acercado a la ciencia, pero a la más especulativa, y han creído ver en la ciencia lo que no hay”, advierte López Corredoira. Y señala el ejemplo de la mecánica cuántica como una moderna “chistera de mago” donde cualquier explicación tiene cabida. “Alguien que únicamente ve la parte esotérica y exótica de la ciencia, sin comprender la parte matemática o técnica, sólo ofrecerá una versión sesgada”, declara el investigador.

Cosmología, punto de encuentro
El origen y el destino del Universo, la infinitud, la nada, el azar, el espacio-tiempo, etc. son extravagantes conceptos que la ciencia, y en particular una joven disciplina, la Cosmología, ha rehabilitado tras los éxitos de la astronomía y la astrofísica en los últimos 50 años. “Las viejas preguntas vuelven a ser formuladas; los cosmólogos han hecho incursiones en la metafísica que dejan asombrados a los filósofos más ambiciosos”, afirma Arana y sitúa el triunfo de esta disciplina en ser “el último lujo de la humanidad ya que estudia el Universo simplemente porque al hombre le interesa saber dónde está, no por su repercusión inmediata”. Sin embargo, “si bien en otra época se especulaba mucho, ahora -matiza López Corredoira- se ha encontrado la manera de abrazar estas cuestiones científicamente”.

Aunque Arana reconoce que “la cosmología tienen un lenguaje matemático y una conexión con la astronomía de observación que no tiene el filósofo, el momento especulativo es importante en las dos disciplinas; no tienen la evidencia empírica necesaria para hacer una teoría con seguridad”.  Y considera el camino de la especulación más esperanzador que inquietante: “esa libertad de imaginar, de crear nuevos conceptos y buscar nuevos horizontes es un ejemplo a seguir para muchos filósofos”.

Sin duda, en los últimos años ha habido una proliferación de supuestos que ha desconcertado a muchos en la medida que la cosmología iba dejando atrás el complemento observacional a favor de una senda más especulativa. Este supuesto es corroborado por López Corredoira en su labor diaria como astrofísico: “en cosmología hay evidencias empíricas, pero quizás no tantas como nos quieren hacer ver”. Y  añade: “la limitación es clara, no podemos ver el origen del Universo ni reproducirlo en laboratorio, sólo podemos observar las galaxias, la radiación que nos llega y cuatro cosas más y con eso reconstruir nuestro modelo; es como un detective que tiene dos pistas y tiene que imaginar el asesinato, puede acertar o se puede equivocar”.

Es precisamente aquí donde Soler Gil sitúa la importancia de integrar las disciplinas: “a un científico siempre le interesará saber si los modelos utilizados son una descripción de la realidad o un ajuste de los datos; llegado el momento, se requiere de espíritu crítico respecto a los modelos imperantes y la filosofía es la mejor herramienta”. También López  Corredoira comparte esta idea: “los filósofos son más conscientes de los procesos humanos, siempre están desconfiando del método, de la epistemología, vigilando cada proceso; los científicos no sospechan de nada, piensan que todo es liso y llano, que de los datos va a salir la verdad”.

La religión del Big Bang
Tal vez, en el mercado de teorías cosmológicas, el Big Bang es la más aceptada, aunque su escenario aún está lejos de ser satisfactorio. “Hay gente que piensa que el modelo ya está finiquitado, pero no es así; los elementos que tenemos no son suficientes en mi opinión para tener una teoría cosmológica completa”, afirma López Corredoira y señala los prejuicios y las modas como las razones del inmovilismo del actual modelo del Universo: “lo más fácil es posicionarse en la parte más ortodoxa si quieres conseguir dinero para tu investigación”.  La cosmología está llena de objetos ocultos y vértigos metafísicos: la materia y la energía oscura, la inflación, las ondas gravitacionales… son, según Soler Gil, “indicios de que se están añadiendo al modelo original demasiados parámetros y entidades que no se conocen simplemente para mantenerlo; hay aspectos de la física que podrían estar necesitando una revisión, aunque esto no significa que todo el modelo esté equivocado”.

Inscripción sobre la tumba de Immanuel Kant tomada de su obra 'Crítica de la razón práctica': «Dos cosas colman el ánimo con una admiración y una veneración siempre renovadas y crecientes, cuanto más frecuente y continuadamente reflexionamos sobre ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.»

Inscripción sobre la tumba de Immanuel Kant tomada de su obra 'Crítica de la razón práctica': «Dos cosas colman el ánimo con una admiración y una veneración siempre renovadas y crecientes, cuanto más frecuente y continuadamente reflexionamos sobre ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.»

A pesar de todo, Soler Gil ve en el modelo cosmológico actual una concordancia clara con los planteamientos teístas occidentales: “la belleza de la naturaleza y la matemática que la describe puede sugerir que hay un principio racional que quiere que nosotros participemos en el plan del Universo”. Sin embargo, para López Corredoira el supuesto de que las constantes del Universo estén ajustadas para el hombre “es hablar por no estar callado; hay muchas cosa que no conocemos, pero no veo la necesidad de encajar a Dios”. Según el investigador, la ciencia y las creencias son terrenos que no guardan relación: “la religión es algo totalmente irracional, humano y muy respetable; tratar de defenderla con argumentos racionales me parece un camino equivocado”.

La cuestión religiosa en el estudio del Universo no es algo nuevo. A lo largo de la historia las distintas creencias de los científicos han determinado la elección de un modelo u otro. Por ejemplo, el propio Einstein rechazó la idea del Big Bang porque “aquello sugería demasiado la creación”, y los autores que plantearon como alternativa la teoría del Estado Estacionario lo hicieron para que fuera coherentemente atea. Según Arana, “posicionamientos metafísicos o religiosos normalmente suelen estar detrás del trabajo que hace un físico o un cosmólogo; el problema está en que los científicos son críticos con su trabajo, pero no con sus puntos de partida”.  Por ello propone que tanto el científico como el cosmólogo “deberían hacer un autoanálisis para saber cuáles son sus creencias, prejuicios y conjeturas, puesto que eso puede condicionar su trabajo teórico”.

Arana toma como ejemplo al mismo Einstein quien, obsesionado con la creencia de que podía encontrar una teoría que diera explicación al Universo entero, “se dice que al final de su vida debería haberse dedicado a pescar al tomar un vía demasiado especulativa”. Tal vez esa teoría que el físico alemán buscaba esté precisamente en lo que estos autores proponen, la insensata pretensión de conocer todo. Propuestas como ésta, realizadas no desde el oportunismo, sino a través del conocimiento del método científico, la evidencia empírica y la memoria histórica, son un buen ejemplo que no debería desaparecer como las moscas en invierno. Ojalá la misma gravedad que establece los vínculos afectivos entre los cuerpos celestes que la cosmología estudia consiga unir de nuevo los distintos saberes. A fin de cuentas, el diálogo es el mejor anzuelo para pescar grandes respuestas en un mar de dudas.

Artículo publicado en el diario “La Opinión de Tenerife”, suplemento de cultura. (Versión .pdf)